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Papás, cuidado con los triángulos

Por Ana Margarita Moreno Q.

Tengo un hijo único. Samuel tiene  8 años. Es extremadamente inteligente, parece un adulto. Estamos totalmente compenetrados. Él me cuenta todo, le voy transmitiendo valores y enseñanzas todo el tiempo. Como lo llevo al colegio, aprovecho ese espacio para conversar con él y darle muchos consejos. En las tardes, me acompaña a hacer vueltas y lo llevo a comer un helado. Como mujer y como madre, no me imagino ya la vida sin él…” ¡Qué bien! Le digo.

Suena su celular. Ella contesta: “qué hubo… ah!  Hola mi amor! ¿Cómo estás mi tesoro?… Cuéntame cómo te fue hoy…  Bueno, mi amor, en dos horas estoy en casa. ¡Te amo mucho!”  Le pregunto: tu esposo? “No!”, responde. “Creí, porque es su número, pero era Samy a saludarme¨. Ajá… y tu marido, qué me dices de él? “Bien! bien… mh… un tanto decepcionada. Después de 10 años de casada, pienso que en el fondo me equivoqué. Es colaborador, buen trabajador, me ama, lo sé, pero no sabe educar, regaña cuando no es y pasa por encima lo que debería corregir. No sabe tratar al niño! Es muy brusco cuando juegan. Casi siempre me pongo tan nerviosa que acabo gritando: le vas a hacer daño, paren ya! Además es muy inseguro. Siempre me está mirando, para buscar la solución al más mínimo problema. Como preguntándome con los ojos, qué le digo? Cómo lo trato? Regaño ya? Cómo? Lo estoy haciendo bien? Eso me molesta mucho y yo le digo que haga lo que tiene que hacer, que él es el papá, no yo.”  Y se lo dices delate del niño? o en privado?, le pregunto. “Delante de él, claro. Son cosas de momento, no se puede esperar a que pase la ocasión.  Eso me pasa cuando hace lo que no es. Se lo digo delante de Samy, obviamente, a ver si aprende. Estoy muy cansada con eso”.

¡Cuidado con los triángulos mal construidos!, le digo. Porque todo el mundo sale perdiendo. “Cómo? No entiendo”, me dice con esa sonrisa de quien lo sabe todo y se le escapó un detalle. -Sí. Hay algunas cosas para entender, aparte de “saber educar”.  Y la geometría en la familia es una de ellas.

Entre los hijos y la pareja se forma un triángulo. Vamos a tomar este caso concreto de un solo hijo, varón, porque es una situación bastante típica y además especialmente compleja, porque no hay atenuantes, no hay hermanos que amortigüen la situación. De todos modos,  aunque más diluida, se puede presentar con varios hijos. Un triángulo “sano” deberá ser equilátero (con los tres lados iguales), y los dos ángulos de la base son ambos padres.  Qué significa esto? Varias cosas:

  1. La pareja está unida, del mismo lado, en la base.
  2. Desde esa base, los dos se proyectan a los hijos.
  3. Ambos padres con una intensidad similar, de tal manera que cada uno, desde su ángulo muy personal y único (masculino/femenino, temperamento, historia, estilo, fortalezas y debilidades), impacte en cada hijo.
  4. Evitando una relevancia o protagonismo de uno de los dos, que implica una imagen pobre del otro.
  5. Primero está la pareja, luego los hijos. Si la pareja está unida, se aman, trabajan por su relación, se apoyan delante de los hijos, no se contradicen, hablan en privado las desaveniencias en la educación, los hijos salen ganando, aunque no sean la prioridad.
  6. Entender que los hijos, (la vida misma!), se asumen de una manera radicalmente distinta desde lo masculino y lo femenino. Para una mamá ver lanzar a su bebé hacia el aire para ser recibido por los brazos del padre, puede arrancarle un grito de pánico, pero papá sabe lo que está haciendo. Ella puede retirar al niño cuando una película muestra escenas violentas que no son para su edad, mientras papá dice: déjalo, no seas exagerada!

Uy! Si todo eso es verdad, voy perdiendo el año”, dice la madre con una risita nerviosa.

Recuerda que todo se puede cambiar. Las personas tenemos una gran plasticidad. Nos adaptamos y nos readaptamos. De eso se trata la vida, el proceso de pulir el carácter: ir redirigiendo las tendencias, los errores, ir mejorando poco a poco.

Frente al último punto, es importante entender y recordar todos los días, cada semana, uno de los asuntos más radicales y difíciles de asumir en un matrimonio: SOMOS DISTINTOS. EN UNA PAREJA EL OTRO ES ENTERAMENTE OTRO.  Inédito, único.

Cuando el triángulo se construye de manera incorrecta en una familia, es así:

  1. Uno de los padres se centra en el hijo (o en los hijos) y no en la pareja, como primer lugar. Casi siempre lo sobreprotege. El niño capta que sus asuntos no son SUS asuntos (“me vas a ganar el año? Ponte el saco que te me vas a enfermar…”).
  2. El otro padre se siente “fuera”, casi sobrando, por lo menos en la relación afectiva.
  3. El prestigio, la autoridad, la confianza, los permisos y consejos, la protección, son buscados en un solo progenitor. El otro pierde importancia, la relación se torna poco profunda.
  4. La imagen de ambos padres no solo es distinta –que debe serlo–, sino desigual. Por ejemplo: mamá es un ídolo, papá es casi un pelele, medio invisible.
  5. El hijo empieza a tratar al miembro de la pareja desplazado como lo trata el “desplazador”.
  6. El padre que se siente excluido de la relación no sabe cómo recuperar sus derechos sobre la pareja y sobre su hijo. Se torna inseguro, distante y conflictivo. Sus necesidades de afecto, reconocimiento, autoridad, identidad, inclusión, no están satisfechas, y esto sale a flote una y otra vez. Parece que nadie sabe el porqué. Parece que el problemático, el que sobra, es él. Pero la realidad camuflada es que el triángulo ha sido mal estructurado. ¿Y quién pierde?

Todos pierden…


Por variadas razones, es más común que el hombre sea quien queda por fuera.

Es que ÉL se aleja!”, me decía una madre con un hijo de 14 años. “Viaja todo el tiempo, va a trabajar el sábado en la mañana, se sienta a ver televisión o a leer el periódico mientras nosotros hablamos. No quiere! Y MI hijo tampoco lo busca”. Yo pregunto: qué es primero, el huevo o la gallina? Esto es un círculo vicioso bastante común: él se aleja, porque no se siente cómodo y está siendo desplazado quizás por esa manía que a veces tenemos las mamás de querer hacerlo todo, controlarlo todo, sentir que podemos con todo. Al tomar distancia, se percibe cada vez más inadecuado, más extraño en el ámbito que ahora frecuenta menos. Otras personas van llenando los vacíos que se crean en los niños e incluso en quién se aleja. Y ahí vamos en retroceso. La mesa está servida, los problemas no se hacen esperar.  ¿Qué hago entonces? Pregunta la madre desconcertada.

¡No es tan complicado!

Uno: dar espacio. Retirarse un poquito. Crear con naturalidad las oportunidades para que “el desplazado” esté con los hijos, pero sin ti. Que salgan solos, coman solos, jueguen solos, vean televisión solos. Solos, sin la presencia del “acaparador” (que no se te vaya la mano!). Los temas irán saliendo, el gusto por la relación irá creciendo, la naturalidad y los lazos se formarán.

Dos: reubicar al hijo en el lugar que le corresponde, para que los esposos pasen más tiempo juntos y solos. Con ganas y sin ganas. -Así funcionan muchas cosas en la vida: hacer algo sin ganas para que vengan las ganas de hacerlo-. Salir a comer, a tomarse un café, a caminar, cerrar la puerta del cuarto, echar seguro por dentro. Hablar de los hijos como un equipo, como aliados. Esta aparente pérdida del espacio con el hijo, da sus frutos con creces a mediano plazo. A los hijos les encanta ver que sus padres se aman y que están unidos. Les da seguridad, les mejora su autoestima, es un ejemplo para su vida adulta.

Tres: hablar en plural, actuar en plural: “nuestro hijo”,  “qué actitud deberíamos tomar frente a…, cómo crees que debemos manejar esta situación?”.

Cuatro: recuperar la vida de pareja, la seducción, el romanticismo, la camaradería, la complicidad, la intimidad. Hechos. Hechos concretos.

Porque un triángulo bien construido y bien manejado, es saludable y justo. Todos ganan!

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